Por Meri Castro
Los noventa fueron una época en que las sitcom estadounidenses ganaban en número a los dramas y los policiales que llenaban la pantalla y el prime time. Épocas en que reinaba Seinfeld, The Nanny, Friends, Everybody loves Raymond.

Pasé mi adolescencia mirando estas series y disfrutando de ese ritmo que sólo las comedias de situación saben tener, con sus gags en cada situación, sus remates y el humor compacto y contundente.
Al empezar la nueva década y tal vez con el Atentado a las Torres Gemelas en 2001 como punto de inflexión, las temáticas de los programas estadounidenses dio un giro que precursores como Law and Order y, más temprano, CSI habían anticipado.
Así las franquicias del programa de Jerry Bruckhaimer se multiplicaron, lo mismo que las de la Ley el Orden, y la pantalla se llenó de policías, forenses y evidencias. Principalmente, se llenó de casos policiales, delincuentes y psicópatas. Gracias a la magia de la televisión, los crímenes más sofisticados se resuelven con buena tecnología y mucha astucia de los detectives.
Comedias de larga data llegaron a su fin y las nuevas comedias no llegaron a cumplir las expectativas del público y los canales. La escena la ganaron quienes llevaban “la chapa”.








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