Lo que compartimos con nosotros mismos

Con tantas redes sociales dando vueltas, no es raro que el foco de lo que subimos a Internet sea lo que le mostramos a los demás. Compartimos las anécdotas de las fiestas en Facebook, las fotos de las vacaciones en Flickr, lo que escuchamos en Last.fm, lo que pensamos a cada instante en Twitter. Con todo esto, cualquiera con acceso a nuestros perfiles puede hacerse una idea aproximada de nuestros gustos y actividades.

Pero, ¿pensaron alguna vez los efectos que tiene subir todo eso en nosotros mismos?

Hasta hace algún tiempo, no guardábamos muchos “registros” de nuestras actividades. Las fotos o las filmaciones pertenecían más bien a eventos especiales, de vez en cuando nos quedábamos con la entrada a un recital o un pasaje de avión de recuerdo, y, en el mejor de los casos, teníamos un diario íntimo en el cual registrábamos nuestros pensamientos más importantes (pero de ahí a que realmente lo llenásemos a diario, era otro tema).

Social

Desde hace unas semanas que vengo pensando lo mucho que cambió eso, por lo menos para mí. Usando las redes sociales puedo reconstruir momentos de mi vida con un detalle que nunca antes había sentido. Mis pensamientos más automáticos están en esos twitts descuidados que hoy jamás publicaría; las fotos etiquetadas con gente que hoy ya no es parte de mi vida, con comentarios que me recuerdan a épocas pasadas. Incluso hasta tengo acceso a las primeras palabras que intercambié en mi vida con personas que hoy en día son importantísimas.

Me di cuenta así que cuando compartimos cosas en Internet, no lo estamos haciendo solamente con los otros, sino también con nosotros mismos, y eso puede ser algo maravilloso. Esas cosas que hacemos cotidianamente y sin darnos cuenta, y que por medio de la tecnología se ven facilitadas para “guardar”, son un retrato permanente de cada día que vivimos.

Sí, por supuesto, no toda la vida se comparte y muchas de las mejores cosas pasan offline. Pero las que quedan registradas son una ventana al pasado que podemos usar para conocernos mejor a nosotros mismos, o recordar viejos tiempos, y hasta ver el largo camino que hemos recorrido hasta ser quienes somos hoy en día.

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